La mano dura de Bukele funciona, pero ¿a qué precio? | Contexto DW

Casi 65.000 detenidos en poco más de 11 meses y un descenso abrumador de la criminalidad en el país que fue uno de los más inseguros del mundo. El Salvador está a punto de cumplir un año en estado de excepción y la declaración de “guerra a las pandillas” del presidente Bukele parece haber tenido el resultado que buscaba: sacar a las maras de las calles. La semana pasada se trasladaban los primeros 2.000 presos a la mayor cárcel de América Latina: el recién estrenado “Centro de Confinamiento del Terrorismo”, un centro del que hace gala el presidente y cuyo homólogo colombiano Gustavo Petro ha comparado con un “centro de concentración”. Las organizaciones humanitarias se llevan las manos a la cabeza ante un política que, dicen, viola de formar flagrante los derechos humanos. Bukele no es el primer mandatario en aplicar la receta de mano dura, una fórmula que una vez tras otra se ha mostrado ineficaz. ¿Hay algún elemento que permita pensar que esta vez es el fin definitivo de las pandillas y no sólo un golpe de efecto? ¿Podrían las maras mutar hacia otro tipo de organización criminal?

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